
El abdomen agudo constituye un síndrome clínico de elevada relevancia en los servicios
de emergencia, debido a la amplitud del diagnóstico diferencial y a la posibilidad de
progresión rápida hacia sepsis, perforación, isquemia, hemorragia o compromiso
hemodinámico. La valoración inicial exige integrar antecedentes, examen físico,
pruebas de laboratorio e imagen, porque múltiples enfermedades comparten
manifestaciones clínicas y la utilidad de cada prueba depende de la probabilidad pretest
y del escenario anatómico [1-3].
La imagen diagnóstica permite confirmar o descartar causas tratables, establecer la
extensión de la enfermedad y reconocer diagnósticos alternativos que modifican la
conducta. La tomografía computarizada ofrece una evaluación panorámica del abdomen
y la pelvis, mientras que la ecografía proporciona una exploración dinámica, repetible y
exenta de radiación ionizante, con ventajas cuando la sospecha se concentra en
estructuras accesibles al ultrasonido o cuando se desea limitar exposición radiológica
[1,2,4-6].
La selección entre ecografía y tomografía no puede reducirse a una comparación aislada
de sensibilidad y especificidad, porque el rendimiento depende de la enfermedad, edad,
embarazo, constitución corporal, estabilidad clínica, experiencia del operador y
disponibilidad tecnológica. La ecografía puede disminuir su calidad por obesidad,
meteorismo o ventanas acústicas limitadas, mientras que la tomografía ofrece mayor
campo de visión y mejor caracterización de colecciones, perforación, obstrucción,
alteraciones vasculares y diagnósticos alternativos [2,5,6].
En apendicitis aguda, la ecografía identifica aumento del diámetro apendicular, ausencia
de compresibilidad, engrosamiento parietal, hiperemia, líquido periapendicular o
apendicolito, pero su principal limitación es la no visualización completa del apéndice.
Las guías WSES favorecen estrategias escalonadas en niños, jóvenes y embarazo, con